sábado, 26 de julio de 2008

Día 13: El Escatón

En 'La broma infinita' hay más de 20 páginas dedicadas a explicar las reglas y a describir una partida de un juego de ficción, el Escatón, que probablemente sea aún más complicado que el Guyball. Para empezar, el reglamento tiene la longitud de 'The Pilgrim's Progress' y para saber quién ha ganado se tienen que usar complicadas fórmulas matemáticas teniendo en cuenta un gran número de los más variados factores. Para resumirlo se podría decir que es un juego de estrategia en el que se lanzan pelotas de tenis que representan cabezas nucleares. Se necesita el espacio de tres pistas de tenis que representen el mapa del mundo. El juego es toda una tradición en la Academia Enfield, nadie sabe bien quién lo inventó, y es comparado al ajedrez por las altas dosis de concentración que requiere. Y si al principio ya es algo desesperante leer sobre las reglas, porque no entendí prácticamente nada, más desesperante es asistir a la descripción de una partida que tiene lugar durante el Día de la Interdependencia. Yo ya no entendía qué pintaba todo esto en la novela, ya creía que era un episodio totalmente prescindible, pero una vez más me he dado cuenta de que nunca tengo que perder la fe en DFW, porque siempre hay una razón detrás de todo. Esta partida, de un juego tan racional e intelectual, acaba desembocando en una auténtica batalla campal. Oh, sí, en DFW todo siempre tiene su sentido. Una batalla campal en la que los niños pequeños (por fin) se entregan a actos de crueldad hacia el más débil mientras los mayores se lo miran sin hacer nada, en parte porque tampoco pueden evitar tener manía al niño débil. Y es que la Academia Enfield ya me empezaba a preocupar, porque parecía un lugar tan idílico en el que los niños, todos prodigios del deporte y de los estudios, vivían todos en perfecta harmonía, pero en esta escena que culmina de forma magistral se ve que el caos y la crueldad siempre está dentro de todos nosotros.

4 comentarios:

Maravilloso Desgarro dijo...

Como no tengo ni idea de qué hablas, mientras leía pensaba en El señor de las Moscas... quizás esa escena de la batalla entre niños sea mejor que El sñor de las moscas...

Núria dijo...

No había pensado yo en El señor de las Moscas (con lo que a mí me gusto este libro), pero tienes razón, es algo parecido. Aunque El señor de las Moscas al ser toda una novela construida alrededor de esta premisa tiene muchas más páginas para ir construyendo el clímax...

Maravilloso Desgarro dijo...

Pues lo primero que pensé fue en El Señor de las moscas, porque pasó a ser "el paradigma" de las relaciones e interacciones infantiles en su estado más libre o salvaje

Me lo creo del paradigma pero no me gustó la novela.

Como paradigma es eso y ufff mucho más. Yo pienso que cuando niños todos somos "malos" por ponerle nombre dicotómico en oposición a algo, otra cosa (bueno, sociabilizado, amaestrado, conformes, adaptados, que sé yo) mejor decir que de niños somos expresamente "salvajes" vale… y de grandes somos taimadamente salvajes porque ya hemos aprendido un montón de artimañas para seguir siendo malos pero socialmente aceptables jejeje.

Por otra parte no creo que lo salvaje de nuestros primeros años sea determinado por el ambiente, ámbito o circunstancia, creo que eso sólo modifica el cómo ser salvaje. Hoy en día una niña puede satisfacer perfectamente sus impulsos "salvajes" diciéndole "gorda fea" a otra niña, la necesidad de hacer daño se ve satisfecha mediante medios "más civilizados".

Ahora, agarra a niños "más civilizados" y dales chance a portarse como unos animalitos totalmente exentos de la ley o protegidos por una ley especial, las reglas de un juego por ejemplo, y bueno ya verás que si no hay muertos es porque otros lo impiden… a menos que estén en una isla abandonados como los pobres infelices de El señor de las moscas.

Es decir, creo que en la practica de la vida real no necesitas “muchas páginas” para llegar a ese climax de salvajismo, sino la oportunidad y si como narrador puedes describir bien esa oportunidad, que creo que es el caso de DFW en La Broma Infinita pues entonces la tarea queda hecha, no?

En cuanto a El señor de las moscas como novela no me gustó porque el final es de lo más flojo que he leído en la vida, totalmente decepcionante… hasta ofensivo. Muy blandengue. Mira si como lector ya me hiciste todo lo que me hiciste, es decir me has llevado al climax con tantas páginas de por medio entonces termina de matarme y no me des un final políticamente correcto.. que hipocresía! Con ese final la novela termina siendo “moralizante” y guácala!!!!

Álvaro dijo...

Yo pienso que un error como "harmonía" no es propio de alguien asiduo a David Foster Wallace. Para mi La broma infinita es la mejor novela contemporanea.